
¡Oh, Ángel Santo de mi guarda! A cuya custodia y protección me encomendó la admirable providencia del Altísimo desde el primer instante de mi vida.
Yo te doy gracias, Santo Ángel mío, por el cuidado que has tenido de mí, por la compañía que me has hecho y por haberme librado de los peligros de alma y cuerpo.
Por tanto, a ti me encomiendo de nuevo, ¡oh glorioso protector mío!
Te ruego que:
Me defiendas de mis enemigos visibles e invisibles.
Me asistas en mis oraciones, para que no ceda a las distracciones y ponga en ellas la más grande atención.
Me ayudes con tus santas inspiraciones, para que vea el bien y lo cumpla con generosidad.
Me sostengas en las tentaciones, para que siempre sea capaz de vencerlas y no caiga en pecado.
Me ilumines en el camino de la virtud y la santidad, rigiéndome y gobernándome en este día y en todos los de mi vida.
No desampares mi alma ni de noche ni de día.
No dejes de atender a mi custodia hasta que me lleves a la Casa del Padre, donde alabaremos juntos al Buen Dios por toda la eternidad.
Amén.
