Amado Padre Celestial, Creador de todo lo visible y lo invisible, me presento ante Ti con un corazón humilde, reconociendo que soy obra maravillosa de Tus manos y que en cada fibra de mi ser se refleja Tu infinita sabiduría.
Señor, Tú que pintaste los cielos con matices distintos y diste a las flores pétalos de diversos colores, te pido que sanes mi mirada para que pueda verme como Tú me ves: digno, amado y completo. En los momentos en que mi piel me cause inseguridad o tristeza por el vitíligo, recuérdame que mi cuerpo es el Templo del Espíritu Santo y que ninguna mancha o pérdida de pigmento puede disminuir el valor sagrado que Tú me otorgaste desde el vientre materno.
Te ruego, Jesús, Manso y Humilde de Corazón, que transformes mi percepción de la perfección; que aprenda a ver mis marcas no como imperfecciones, sino como un lienzo donde se manifiesta Tu gracia de formas inesperadas. Que mi autoestima no dependa de los estándares pasajeros del mundo, sino de la certeza absoluta de que soy Hijo de Dios, redimido por Tu Amor.
Espíritu Santo, infúndeme fortaleza para caminar con la frente en alto, con la elegancia de quien sabe que su identidad está anclada en la eternidad y no en la apariencia. Que mi luz interior brille con tal intensidad que los demás no vean solo mi piel, sino la paz y la alegría que emanan de un alma que se sabe profundamente amada por su Creador.
Pongo mi corazón en Tus manos, confiando en que lo que el mundo llama «diferencia», Tú lo llamas «tesoro único«.
Amén.

